El Norte de Castilla
Pilar Fernández muestra como llegaron y cómo quedaron tras dos años de trabajo aquellos 400 décimos reducidos a tiras por una destructora de documentos.
Pilar Fernández muestra como llegaron y cómo quedaron tras dos años de trabajo aquellos 400 décimos reducidos a tiras por una destructora de documentos. / Óscar del Pozo

El puzle de la suerte

  • Dos técnicos de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre restauran al año medio centenar de décimos de lotería deteriorados

El periodista José Baró Quesada contaba en el diario ‘Abc’, con el gracejo habitual en los reporteros de la época, una noticia sucedida en 1952 que tituló ‘Historia del joven Calixto y el número 827’. Puede que sea la primera vez que se documenta la labor de restauración y verificación de décimos de lotería deteriorados que lleva a cabo la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (FNMT). Decía así Baró Quesada: «Calixto González García es un joven madrileño de 24 años, industrial zapatero de profesión, que en la calle Marcelo Usera vive y trabaja honradamente. (...) Era el 4 de julio cuando a Calixto se le ocurrió adquirir un billete de lotería en cierta administración de la Puerta del Sol. Pagó religiosamente los 50 duros que costaba y sin mirar el número se fue a su domicilio de allende el Manzanares. Ya en casa, no le hizo gracia saber que el billete se llamaba 827, nombre muy poco seductor para los habituales rondadores de la diosa Fortuna, y con gesto desdeñoso metió el billete entre las páginas de un libro que había en su alcoba. Al día siguiente fue el sorteo. (...) En efecto, el 827 que él despreciara había obtenido el primer premio. ¡Un millón de pesetas! Alegría, nervios, proyectos de boda, pérdida de apetito... Pero en su casa le esperaba una trágica sorpresa».

El puzle de la suerte

Un familiar había tirado el billete a una especie de hornillo junto con otros papeles para alimentar la lumbre. Aun así, no había ardido del todo: «Carbonizado pero no destruido conservaba perfectamente legibles el número y demás caracteres gráficos, así como el sello de la administración». Con cuidado, Calixto lo depositó en una quesera. No se atrevía a trasladarlo a la administración por si el viaje destruía aún más aquel pobre papelillo. «Dos peritos de la Fábrica, por orden superior, compasiva y justa, visitaron la casa del desesperado zapatero y comprobaron que el billete quemado era auténtico, y por consiguiente premiado con el Gordo». Hubo que esperar un año por posibles reclamaciones, pero Calixto recibió el millón «que creía perdido y que renació de sus cenizas como el Ave Fénix».

El puzle de la suerte

Hoy en día, los técnicos de la FNMT no acuden a las domicilios; trabajan en un laboratorio recibiendo los décimos que por uno y otro motivo han sufrido desperfectos. En el 80% de los casos se trata de billetes que han pasado por el programa completo de una lavadora, centrifugado incluido. A veces varios décimos juntos que acaban en sus manos formando una especie de «pelota de golf». Aunque también llegan rotos, de gente que pensaba que el boleto no estaba premiado, y quemados, como el de Calixto. «Nos ocupamos de restaurar o verificar una media de 50 décimos al año, y de estos, la mayoría, pongamos que 40, nos llegan en enero y febrero, tras los sorteos de Navidad. En el tiempo que lleva funcionando este servicio de restauración actual, desde los años 90, nos habremos hecho cargo de un millar de billetes», explica Luis Miguel Sanz Bujanda, jefe del laboratorio, quien aconseja llevar el décimo deteriorado a la administración habitual (este servicio es gratis), aunque no haya sido comprado allí: «Si el estropicio no es mucho, en Loterías y Apuestas del Estado (LAE) comprueban su validez. En caso contrario, nos lo envían a nosotros». Lo más importante es «no hacer nada, no intentar restaurarlo en casa. Muchas veces vienen reconstruidos y eso es peor, porque con las manipulaciones lo degradan más aún. ¡Y nada de poner celo! Luego tenemos que quitarlo y la información se queda pegada al arrancarlo». Como precaución, apuntar el número, la fracción y la serie, y sacar fotocopia del billete.

El 25 de enero de 1995, ‘El Periódico de Catalunya’ publicaba esta noticia: «El laboratorio de la FNTM está analizando los restos de un décimo de lotería que se destruyó cuando, por error, fue metido en la lavadora. Sus propietarios, una familia de L’Hospitalet, aseguran que el montón de papeles mojados que poseen corresponde al número 43.893, agraciado con el segundo premio de Navidad. Si los análisis certifican la autenticidad del boleto y Loterías y Apuestas del Estado aprueba el informe, sus dueños recibirán 14,4 millones». Decía en aquel momento Antonio Marquina, de la Fábrica de Moneda, que en la reconstrucción del décimo, efectuada «con lupa y pinzas, se tardarían entre 30 y 40 horas, y que los técnicos del laboratorio ya habían identificado el número 3». La familia cobró finalmente el premio.

Mordidos por hamsters

Los técnicos dedicados hoy a esta labor se llaman Pilar Fernández y Julia Blázquez. La primera consiguió que una persona recibiera tres millones de euros por un décimo lavado, premio especial a la fracción y la serie: «Nos enteramos después, por las noticias. Cuando recibimos un boleto no sabemos si vale algo, nos da igual y así hay menos presión. Nuestro trabajo es el mismo». Tampoco saben qué le ha pasado en concreto al boleto siniestrado. «Hasta hace unos ocho años, sabíamos la peripecia que el propietario había contado en la administración, lo que le había ocurrido al billete, pero ya no. Solo tenemos un expediente con los datos del dueño, el décimo y la administración, pero no sabemos si le ha caído lejía, disolvente, laca de uñas...». En las administraciones reciben boletos hasta rumiados por hamsters. Lo de la lavadora es el pan nuestro de cada día; sucedió en Elche en 2000, 30 millones de pesetas que parecían haberse ido por el desagüe pero que fueron cobrados. Lo mismo en 2006 en Avilés, en 2011 en Gijón... Final feliz brindando con cava.

Uno de los casos más complicados llegó con 400 décimos en pliegos de diez y de diferentes números que alguien había introducido en una destructora de documentos en una oficina, de esas que los dejan reducidos a flecos, a tiras de pocos milímetros. Lo recuerda Luis Miguel Sanz Bujanda: «Imagina, los trajeron aquí y los dueños no tenían ni idea de qué numeración tenían. Tardamos muchos meses, casi dos años. Y después de todo el trabajo no había ninguno premiado». En otra ocasión, en el año 2000, recibieron un montón de boletos de una administración de lotería de Málaga que había sufrido un incendio; los billetes no solo estaban quemados, sino también mojados por el agua con que los bomberos extinguieron el fuego: «Y como la administración había estado cerrada un tiempo, también tenían moho, algún que otro bichito y un olor... El estado era lamentable, tuvimos que trabajar con mascarillas. Aquello fue antes del sorteo y se recuperaron la mayoría bastante bien, otros menos y alguno nada». Por cierto, ellos nunca se lo han dejado olvidado en el bolsillo de la camisa sucia, sonríen.

Esta labor no es la única que desarrollan en este laboratorio. Controlan y verifican las materias primas de sus productos en curso: monedas, billetes, DNI, pasaportes... Incluso determinan la autenticidad de los precintos fiscales de productos que pueden estar falsificados, como alcoholes y tabacos. También se ocupan de las manipulaciones en los décimos, «que suelen ser muy burdas –explica Bujanda–, tanto como intentar cambiar la numeración con un boli, poner un 8 donde había un 3. Con los elementos que tenemos es imposible que nos cuelen algo así».

El éxito en la recuperación de décimos deteriorados roza el 100%, pero de ahí a hacer milagros... Hay otra historia antigua. Ocurrió en 1961 en la localidad balear de Artá. El dueño de una serrería que tenía un burro dejó sobre unos maderos una carpeta con facturas y un boleto de lotería. «El animal debió desatarse, penetró en el aserradero y se tragó la carpeta y todos los papeles que contenía. El propietario se negó a facilitar el número del décimo». Aunque hubieran acudido en su auxilio, a los peritos de la FNMT les habría sido imposible, pese a su pericia, encontrar material válido entre las heces del hambriento pollino.